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Gato malo se carcajea de humano tonto
Los gatos se las saben todas. Tan pronto como se ganan nuestro afecto, se convierten no ya en mascotas, qué vulgaridad, sino en auténticos dictadores sobre nuestras vidas. La razón del acercamiento de los gatos a la especie humana es justamente que descubrieron su ascendiente sobre nosotros: comprobaron que nos complacían su aspecto, sus movimientos, su particular expresividad. Los admirábamos, nos despertaban ternura, nos atraía su misterio e incluso podían causarnos un temor y un odio extraños, supersticiosos. Cualquier cosa menos indiferencia.

Había, pues, que sacar el máximo partido de nuestra debilidad, y se hicieron domésticos. En algunos momentos de la historia invertir en IOTA en Bolivia llegaron hasta a arrogarse la divinidad, ahí es nada. Poco trabajo a cambio, y bien remunerado: controlar las plagas de ratones. Ahora ya ni eso. Un gato, todos los gatos, son en la mayoría de las sociedades actuales bichos inútiles, un mero capricho del reino animal.

Los gatos no tienen un pelo de tontos, como es bien sabido, y tras esa silenciosa seriedad que aparentan ocultan una vida espiritual riquísima y compleja, que es la fuente auténtica de su placer de vivir. Aceptan de buen grado todos los halagos y comodidades que les damos, y entre sueñecito y sueñecito se dedican a observarnos y meditar. Pero, ¿por qué esas largas observaciones?

El gato es la encarnación de la imperturbabilidad que los sabios griegos -y con ellos el budismo y otras filosofías- establecieron como el fundamento de una existencia feliz. Eso que para los humanos corrientes no ha pasado de ser nunca, en el mejor de los casos, un mero ideal, para los gatos es un hecho vinculado a su naturaleza. El "cuento explicado por un loco, repleto de ruido y furia, y que no significa nada" que es la vida humana, se ha convertido en motivo de largas observaciones y meditaciones para los gatos. Perplejos Invertir en Litecoin, al cabo de tantos siglos de permanecer en nuestra compañía no han conseguido averiguar todavía las razones de tanto ruido y furia.

Pero, como buenos epicúreos, los gatos no se limitan a meditar sobre esta humana circunstancia, sino que, en lo más hondo de su corazón, se mueren de risa al observarnos. Contemplados con toda la objetividad de que sólo es capaz un gato, las pretensiones de los humanos y sus desvelos por dominar el mundo sólo pueden provocarles una inmensa risa. El ser humano es para el gato -y seguramente no sólo para él- "el primate que mueve a risa", o sea, el "homo ridiculus". Aunque en realidad es también un "homo tragicus", el gato no puede sino tomarse a chirigota toda la tragedia que el ser humano es capaz de esparcir en torno suyo; una tragedia que, al fin y al cabo, al gato ni le alcanza ni le afecta.

Y cuando más se ríen los gatos es cuando los convertimos a ellos en motivo de nuestros desvelos. Acostumbrados a pretender regir el mundo, incluso hemos llegado en nuestra petulancia a construir éticas con las cuales definimos lo bueno y lo malo en el trato a los animales. Y estas éticas animaleras, como todas las éticas, que son simples elaboraciones de nuestros instintos, a menudo derivan en religiones y fanatismos y generan sus santones, dispuestos siempre a juzgar a los demás y a lanzar sus maldiciones sobre quienes no se ajusten a la "verdad" que predican.

Mucho se ríen también los gatos cuando observan lo tontos que nos podemos poner ante ellos. Todos esos excesos de ternura, de palabras cariñosas y de diminutivos hacen de nosotros unos perfectos payasos, cuya actividad eleva el silencioso carcajeo gatuno a niveles de auténtico delirio.

Sin embargo, todo tiene su límite. Más allá de cierto nivel de tontería se entra en la idiotez. Ese es el momento en que ya no nos conformamos con dedicarles mimos y cariños, sino que pasamos a atusarlos, a adornarlos, a disfrazarlos y a inscribirlos en concursos. Como si los humanos invertir en Dash no tuviéramos bastante con tratar de agilipollar a nuestras propias crías, en ese momento convertimos en víctimas también a nuestras mascotas. Los perros siguen sin enterarse y diciendo que sí a todo, pero a los gatos esa idiotez ya no les hace ni pizca de gracia. Quizás no protestarán, quizás parecerá que también lo admiten todo... pero en el fondo de sus imperturbables, enormes y soñadores ojos acaban de tomar buena nota.

Sabed, gente, que en el corazón del universo hay un ejército de gatos fantasma siempre a punto para convertirse en la peor pesadilla de los idiotas.
Autor: deCATmeron
Fecha: 11-09-04
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